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Procastinación: el hábito de “mañana lo hago”

Trastornos del comportamiento

El hábito de “dejar las cosas para después” puede ser patológico. Claves para luchar contra la procastinación crónica, un trastorno que sufre más del 15% de la población.

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Por Lic. Virginia Martínez | CLARIN 

Todos hemos experimentado –o lo observamos en otros- la actitud de postergar alguna situación o acción. Debemos realizar algún arreglo en nuestra casa, entregar un trabajo, despedir un empleado, rendir un examen, comenzar una dieta o el gimnasio… Simplemente parece que estas cosas nunca llegan a concretarse.

De eso se trata la Procrastinación o Procastinación. Deriva del latín “pro” (adelante) y “crastinus” (relacionado con el mañana o el futuro). Así se define a la tendencia a “dilatar”, a postergar para más tarde, acciones, tareas, compromisos que deben ser realizados y enfrentados en un tiempo y forma específicos, pero que por una razón u otra siempre se terminan “pateando para más adelante”. En cambio, se los reemplaza por actividades irrelevantes pero que otorgan más placer en el momento.

Es importante diferenciar si se trata de una conducta ocasional (todos podemos haberlo experimentado) o si estamos frente a una conducta sistemática y reiterada que -como tal-, constituye  un aspecto de la personalidad que produce consecuencias negativas para la vida de la persona y/o de su entorno. A veces la persona no lo padece, pero sí quienes viven o comparten actividades con el procastinador.

Casos crónicos

La Procastinación se hace evidente tanto en el “estudiante eterno” que nunca rinde materias y terminan venciéndose sus plazos; o en el profesional que en una empresa posterga la toma de decisiones que imagina conflictivas, a la espera de que se resuelvan solas o que alguien más las tome a su cargo. Una suerte de pensamiento mágico de resolución de los problemas.

Todo esto termina afectando el bienestar y la salud emocional de la persona, tanto como el buen rendimiento en el área de la que se trate.

Cuando estamos en presencia de un hábito sistematizado, se trata de un trastorno del comportamiento que deviene de asociar la propia acción a una situación de cambio que conlleva dolor o estrés, que genera ansiedad o frustración y que –al acumularse en muchas experiencias a lo largo del tiempo- deriva en estados emocionales negativos, e incluso depresiones.

El acto que se evita puede ser percibido como difícil, abrumador, peligroso o aburrido; por lo cual se justifica posponerlo a un futuro que no tiene fecha de vencimiento.

También puede ser un síntoma propio de algún trastorno psicológico como sucede en la Depresión, en el Trastorno por Déficit Atencional (TDAH), en una Esquizofrenia o en las patologías del espectro obsesivo. En esos casos, ante la duda conviene consultar con un profesional calificado, ya que en estos casos la Procastinación suele ser un rasgo más, derivado del cuadro de base.

¿Qué lleva a una persona a procastinar?

Las razones son variadas y de diferente orden:

La duda: sentir poca confianza en uno mismo acerca de la capacidad para hacer algo y bien.

La baja tolerancia a la frustración: postergar por el sufrimiento que implica la consecución de una tarea (o su eventual fracaso) o el esfuerzo que conlleva. No empezar o abandonar a poco tiempo de haber comenzado, y buscar tareas que otorguen un placer más inmediato: juegos por Internet, comida, salidas, televisión, incluso hacer la limpieza del hogar, entre otros.

La autoexigencia y el perfeccionismo: los estándares demasiado altos que uno se impone llevan a procastinar para no enfrentar la angustia de esa tarea o de no lograr la perfección en mi rendimiento.

El exceso de confianza: ser tan seguro de sí mismo como para distorsiona la percepción del tiempo y de sus potencialidades; pensar que en cuanto quiera se pordrá hacer y por ende postergar hasta llegar al límite; y allí ya no poder realizarlo, con la consiguiente frustración o fracaso.

La proliferación caótica de ideas: generar tantas ideas, una tras otra, que el resultado es similar al de la duda: se termina procastinando porque la última idea es mejor, más válida o novedosa que la anterior; y por ende no llevar a cabo ninguna.

Detección del problema

Diferentes estudios internacionales indican que entre el 15 y 20% de la población mundial sufre de procrastinación crónica, lo cual tiene un costo económico sustancial en cada país.

Aun diferenciando el procastinador ocasional del crónico, los signos que aparecen al observador son similares. Tan sólo los diferencia el resultado medido a mediano y largo plazo, ya que con la cronicidad van apareciendo síntomas más severos en el estado de ánimo.

– Muchos jugadores compulsivos (tanto de juegos de azar como de juegos de video) son procastinadores: desplazan a una actividad que implica competencia, habilidad, suerte, etc, en tanto no se hacen cargo de alguna cuestión pendiente que evaden con estas actividades.

– Los eternos estudiantes que van dilatando los exámenes o las tareas pendientes.

– Las personas que gastan más del 20% del tiempo laboral en tareas improductivas

– Algunas personas que sufren trastornos alimentarios como la obesidad, son procastinadores que compensan con el placer inmediato de la comida la frustración y culpa por la postergación de diferentes acciones.

– También se ha señalado que la adicción a tóxicos muchas veces es el resultado de la dificultad que la persona tiene de enfrentar decisiones; se aletargan o evaden consumiendo alguna substancia (alcohol o drogas) porque no pueden enfrentar la presión y así terminan postergando.

– Las personas con temor al rendimiento (fobias sociales, por ejemplo) suelen procastinar por suponer que los demás los juzgarán de manera negativa cuando realizan alguna tarea.

Cualquier conducta evasiva, puede ponernos tras la pista de un procastinador, y las razones que la persona sostenga nos permitirán saber cuál es la creencia que ese sujeto tiene para justificar la dilación (“no lo sabré hacer”; “ya tendré tiempo más tarde”; “si lo hago notarán mi ineptitud”; “los demás lo harán mejor”). Claramente la procastinación es una cuestión de toma de decisiones y aquí nuestro cerebro puede jugarnos en contra.

Cómo actuar

Si bien no hay fórmulas para enfrentar este problema, podemos pensar en algunas actitudes que nos ayuden a lidiar mejor con él:

– Detectar el problema: reconocer la existencia de algo es el paso necesario para intentar su solución. Si nos reconocemos procastinadores o registramos que alguien de nuestro entorno lo es, estamos más cerca de modificar los resultados.

– Dar el primer paso: hacernos cargo del tema ya nos pone en una actitud de responsabilidad. Reconocer que tenemos temor, que nos resulta difícil o que debemos pensar cómo accionar; todo ello constituye una actitud de trabajo respecto de la dificultad que se presenta.

– Establecer metas a corto y mediano plazo: lo mejor es proponernos objetivos alcanzables. Si me planteo algo ajustado a mi realidad, ese logro me dará fuerzas para comprometerme con la propuesta siguiente.

– Lo más difícil primero: aprovechar el impulso de la convicción nos permitirá encarar lo más difícil en el primer tiempo. Una vez encarada la tarea en cuestión, nos iremos nutriendo del clima positivo de estar haciendo aquello que nos propusimos.

– Encontrar motivaciones: es más sencillo hacernos cargo de una acción si la planteamos en términos positivos y motivadores. Sacarle “el ruido” a las propuestas ayuda a encararlas mejor y a esperar mejores resultados.

– Dividir las tareas para poder cumplir las metas de a poco: no importa cuán largo o pesado sea el camino; siempre se trata de un paso detrás del otro. Pensarlo así nos alivia la tarea.

– Pensar en las recompensas: así como somos víctimas del miedo a pensar en aquello que puede pasarnos si no hacemos algo bien, también sabemos cómo nos sentimos cuando hemos cumplido con algún objetivo propuesto. Alimentarnos de esta imagen del resultado es un incentivo para accionar.

– Eliminar las distracciones: si estamos dispuestos a llevar adelante alguna propuesta, ayudemos liberando el camino de algunas distracciones que ya sabemos que nos complicarán el rato.  Ya se trate de desconectar la computadora o de apagar el celular, la propuesta es trabajar en un ambiente propicio.

Lo más importante para reflexionar es que no importa cuánto tiempo y esfuerzo nos lleve vencer las conductas de postergación;  dar un primer paso ya nos acerca a nuestro logro.

* La Lic. Virginia Martínez es psicóloga especialista en pacientes graves, Co–Directora de La Casa, Hostal de Medio Camino.

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