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Cuando jugar ya no es un juego

Salir del circuito

La adicción al juego es un trastorno que esconde problemas de ansiedad y escasa tolerancia a las frustraciones cotidianas. Cómo salir de la trampa y reinsertarse en lo familiar y social.

cuando-jugar-ya-no-es-un-juego-260x185Por Lic. Belén Vitelleschi | CLARIN 

Diferentes autores coinciden en que el juego es un espacio donde el niño puede expresar sus fantasías, deseos y experiencias simbólicas por medio de juguetes y juegos y así calmar sus ansiedades, produciendo placer en aquello que ha vivido como displacentero.

La actividad lúdica es necesaria para el desarrollo sano y el proceso de aprendizaje de un niño. En el juego, lo esperable es que tanto el chico como el adulto puedan desplegar su creatividad, facilitar el intercambio y gestar recursos y habilidades para el desarrollo del pensamiento crítico, la comunicación y el afrontamiento de situaciones problemáticas.

¿Jugar? Si, en cualquier edad de la vida para el desarrollo positivo de los planos sensitivos e intelectuales del ser humano.

Ahora, ¿qué sucede cuando el juego no cumple esas características? Puede convertirse en patológico o compulsivo.

Este jugar no cumple la función mencionada, sino que se produce una compulsión a la repetición, negando el displacer y convirtiéndolo en un placer distorsionado que engaña, atrae y atrapa.

Es importante conocer las diferencias, para poder preguntarnos sobre nuestra conducta de juego y la de nuestros amigos o allegados, contando con alertas y herramientas para su abordaje y que el juego siga siendo una actividad positiva.

Pérdida del control

En los últimos tiempos, la tecnología, las salas de juegos de azar, los videos juegos se han incrementado a la par que esta patología ha comenzado a aparecer con más frecuencia en los consultorios psicológicos.

En 1992, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su clasificación internacional de Enfermedades, reconoció la Ludopatía o “Juego compulsivo” como un trastorno.

EL Manual Diagnóstico y Estadístico (DSMIV) de la Asociación Americana de Psiquiatras (APA) lo clasifica como un trastorno del control de los impulsos y define como el comportamiento de juego des-adaptativo, recurrente y persistente que afecta la vida personal, familiar o laboral.

Sus síntomas son los siguientes:

•    Imposibilidad de resistir el impulso, deseo o tentación de llevar a cabo un acto que es dañino para el propio individuo o para los demás.
•    Sensación creciente de tensión antes de llevar adelante el acto.
•    Experiencias de placer, gratificación o liberación al consumar el acto. Después de actuar, pueden presentarse o no sentimientos sinceros de pena, autorreproche o culpa.

Es importante resaltar que no todo el que juega puede padecer esta enfermedad.

El juego puede seguir siendo gratificante y placentero. Los comúnmente llamados “jugadores sociales” lo realizan con control sobre la conducta, decidiendo cuánto invierten, el tiempo destinado y la actividad se presenta en un clima de ocio y diversión.

El “jugador patológico o compulsivo”, por el contrario, presenta una relación de dependencia con el juego y la cantidad de dinero utilizada o el tiempo invertido excede a las posibilidades del jugador, perdiendo su capacidad de control.

En algunos estudios se observó que muchos jugadores compulsivos asistían a los “salones de azar” para transformar el dolor en placer, ocultando los trastornos depresivos, la ansiedad, las frustraciones, entre otros.

Tras esta acción repetitiva y sin freno, el juego aparece como un “tapón”, un “escondite” donde el paciente evade o niega sus problemas, evitando conectarse con la angustia.

Cuando el juego es patológico

•    Por lo general, el jugador asiste a las “salas de juego” con una frecuencia exacerbada y poco habitual, interrumpiendo actividades y hábitos diarios.
•    Cuando los hábitos de sueño, alimentación, estudio o laborales se alteran disfuncionalmente dando prioridad al juego.
•    Gasta sumas de dinero que exceden su nivel de ingreso o ahorro y comienzan a contraer deudas para seguir haciéndolo.
•    Son personas que suelen presentar un estilo de pensamiento “mágico” en cuanto a la resolución de situaciones en la inmediatez y sostienen “fantasías de control” sobre el juego. Creen que tienen un “sistema” que les permitirá ganar en algún momento y sólo es cuestión de perfeccionarlo.
•    Suelen presentar baja autoestima, poca capacidad para la espera y escasa tolerancia a las frustraciones cotidianas.
•    En lo social, cuando un jugador está en esa carrera, miente, engaña, oculta, niega, tergiversa información, distorsiona la realidad minimizando o negando el problema.
•    Los vínculos familiares, de amistades o pareja se ven afectados por la conducta. Por lo general, los allegados comienzan a sentir que algo está fuera de control. Generalmente, son los que a través de esta alerta, logran registrar de la problemática.

La buena noticia es que, si bien hay indicadores que permiten su detección temprana, cuando esto no es posible, en nuestro país contamos con la existencia de programas de salud mental que se dedican a trabajar con esta adicción, ya que objetivo del tratamiento no reside únicamente en el control del impulso al juego.

Se requiere un abordaje interdisciplinario que posibilite la evaluación y tratamiento de todos los factores y aspectos afectados, haciendo hincapié en la ayuda e información a los familiares y allegados afectados, ampliando la red de trabajo e intervención terapéutica.

Diferentes espacios terapéuticos como los tratamientos individuales,  grupales y espacios multifamiliares dan cuenta de que recuperarse es posible, así como la reintegración en los ámbitos social, laboral y familiar en pos de la mejora de su calidad de vida.

El “otro” aquí es clave, ya que marca un criterio de realidad que el paciente tiende a perder por estar enfermo. Si surgen dudas sobre el tema, es importante acercarse a un centro de atención en búsqueda de orientación.

Cuanta más información y herramientas de detección se tenga, más se podrá prevenir y atender a tiempo, tanto la adicción al juego como cualquier otro tipo de adicciones. Identificar que algo no anda bien es el primer paso hacia que las cosas anden mejor, a la detección del problema y su posible recuperación.

La licenciada Belén Vitelleschi es psicóloga del área asistencial y académica de La Casa, Hostal de Medio Camino.

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