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Una casa que ayuda a reinsertarse luego de una internación psiquiátrica

Es para quienes, tras el alta, no están en condiciones de reintegrarse inmediatamente a sus actividades

Imagen de prensa de La CasaPor Fabiola Czubaj | LA NACION

En una típica casa de barrio, luminosa y de amplios ambientes, ubicada en una de esas calles anchas y tranquilas que aún conserva Palermo, un grupo reducido de personas con algún trastorno psicológico controlable intenta recuperar habilidades perdidas para retomar su vida habitual.

Depresión posparto, sensación constante de soledad, fracasos reiterados, estrés grave o adicciones que superaron la etapa de abstinencia están entre las alteraciones que se tratan en el primer centro “de medio camino”, como se denomina este modelo en otros países.

“Las casas de este tipo reciben a pacientes que estuvieron internados en algún centro de salud por un trastorno psiquiátrico agudo y que por alguna razón todavía no pueden volver a su hogar o retomar las relaciones sociales previas a esa internación”, explicó a LA NACION la licenciada en psicología Virginia Martínez, codirectora del hostal La Casa ( www.hostal-lacasa.com.ar ).

Mariana, actriz y directora de arte escénico de 25 años, llegó al hostal después de una internación psiquiátrica por trastorno bipolar. “Estuve tres semanas alojada día y noche por indicación de mi psiquiatra y me ayudó a organizar la vida de otra manera, aprender que existen otros patrones de conducta adecuados que se pueden seguir y saber reconocer una crisis”, explicó.

El equipo de La Casa trabajó con su médico de cabecera y la primera semana dispusieron que ella no podía salir sola, sino con un acompañante terapéutico; la segunda semana lo pudo hacer sola, con horarios, y la tercera ya lo hizo sola para hacer sus actividades.

Todos los pacientes concurren al hostal de manera voluntaria o aceptan hacerlo cuando llegan acompañados por un familiar o por sugerencia del terapeuta que los trata. “No hablamos de internación, sino de alojamiento, porque no están con un régimen similar al de los centros psiquiátricos; son casas de puertas abiertas y dan su consetimiento -precisó Martínez-. La idea es que pueda vivir, si quiere, en la casa y haga distintas actividades en el hostal dirigidas por el equipo profesional o fuera de la casa, si puede restablecer lazos anteriores.”

A veces, es continuar el estudio o el trabajo, o evitar que lo pierdan por el trastorno que padecen. Los resultados dependerán de cada patología. “Hay algunas que son altamente recuperables con sólo transitar un período en una casa como ésta, pero hay otros trastornos más complejos. Es estos casos, los profesionales tratarán de que la persona recupere la mayor cantidad de capacidades afectadas”, comentó la psiquiatra Patricia Dotta, codirectora del hostal.

Es el caso de María Belén, de 27 años, que pudo retomar el CBC en la Universidad de Buenos Aires para cumplir con su objetivo de estudiar arquitectura. “Estuve un mes y medio en el régimen de hostal, con salidas y visitas -contó a LA NACION-. Ahora, por decisión propia, sigo yendo al centro de día. Al principio, no sabía si daba para estar ahí, pero me sirvió un montón. Es muy distinto a estar internada; sentí que los que estábamos ahí no nos estábamos mirando para ver cuán locos estamos, sino cuán humanos somos.”

María Belén sufre de trastorno de personalidad. Tenía dificultad para empezar y terminar actividades, organizar sus horarios y no olvidarse de sus obligaciones. “Empecé veinte mil carreras y dejé siempre -recordó-. Cuanto curso empezaba, lo dejaba; pasé por las drogas muy jovencita y viví situaciones familiares muy complicadas con mi mamá. No sabía qué era levantarme temprano porque no sabía qué era poner el despertador ni lo podía hacer. Pueden parecer cosas muy simples para otros, pero para mí eran imposibles y, cuando no me salían, me angustiaba muchísimo.”

Para ella, aprender a organizarse fue un volver a nacer. “Hace un mes descubrí qué son las mañanas y que hay otro mundo… Sólo ahora estoy empezando a ir al CBC y a leer.” Ella concurre 3 o 4 veces por semana a La Casa y asegura que los talleres le permitieron comprender qué es empezar y terminar algo.

Los diagnósticos más frecuentes con los que llegan los pacientes son la depresión por aislamiento, soledad o fracasos reiterados; las crisis críticas de esquizofrenia; la disfuncionalidad; los trastornos graves de la personalidad y el estrés grave, que altera alguna capacidad. “A veces son personas que no pueden estructurar las actividades cotidianas más simples y terminan no levantándose de la cama o no cumpliendo con la medicación, lo que agrava alguna de las características patológicas”, dijo Martínez.

Durante la semana, se entrena a los pacientes a recuperar la capacidad de tener en cuenta los horarios, cumplir con las obligaciones convenidas o realizar las actividades previstas, dado que la pérdida progresiva de esas capacidades influyen en el estado anímico o una complicación en la relación familiar o social.

Para eso, todos los profesionales que trabajan en La Casa, incluida el ama de llaves, son especialistas o estudiantes avanzados de las carreras de salud mental. Esto, según explicaron las responsables de este nuevo modelo de atención de la salud mental, es una estrategia muy útil que permite la escucha permanente de lo que le piensa, quiere manifestar o le sucede a cada paciente.

“Se dan casos de pacientes que luego de estar alojados una temporada tienen La Casa como una referencia importante y, por ejemplo, se acercan a tomar mate, a compartir una actividad o a conversar con alguno de los profesionales como una forma de refugio o reaseguro de no perder lo logrado hasta ese momento”, señaló Dotta.

Aunque el paciente que llega al hostal tenga un médico de cabecera, el equipo del hostal realiza un nuevo diagnóstico para asegurarse de que reúne los requisitos para alojarse en un hostal de medio camino. “No puede estar nunca en medio de un brote o una crisis de la enfermedad, sufrir síndrome de abstinencia por una adicción o que pueda provocar agresiones difíciles de controlar ni que la depresión sea de riesgo para su vida porque no son casas de cuidados de alto riesgo”, precisó Martínez.

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Todavía no hay lugar para los “grises

Sólo en la Ciudad de Buenos Aires hay 216 personas curadas que podrían reinsertarse gradualmente en la sociedad, pero que siguen internadas en los hospitales neuropsiquiátricos porque no tienen dónde ir. Esta situación desnuda el drama de la falta de “casas de medio camino” u “hogares de convivencia”, instituciones que puedan rehabilitar a quienes ya no tienen graves problemas mentales pero todavía requieren algún grado de asistencia. El Gobierno porteño planea habilitar ese tipo de instituciones mientras los médicos y enfermeros se quejan de la falta de presupuesto.

Por Pedro Ylarri | PERFIL

Son los grises para algunos psiquiatras, y los borderlines para el común de la gente. Se trata, en realidad, de personas que afrontan problemas de salud mental y están compensados y estables, pero que por causas sociales o sanitarias todavía no pueden reinsertarse en la sociedad. Es el drama de cientos de argentinos, que aún recuperados de sus trastornos de esquizofrenia, psicosis o bipolaridad, no encuentran una alternativa en el sistema de salud para volver a sus vidas normales.

Muchos, aun sanos y con posibilidades de trabajar y vivir por sí solos, siguen por estas horas encerrados en alguno de los neuropsiquiátricos públicos, mientras que en el interior son derivados a otras provincias por falta de camas o centros especializados. El tema preocupa a la Justicia, a psiquiatras y a sanitaristas, quienes en diálogo con PERFIL recomendaron la apertura de casas de medio camino.

El encierro de personas sanas fue confirmado a este diario por el titular de la Asesoría Tutelar 1 de la Ciudad, Gustavo Moreno, quien tras una investigación próxima a ser difundida aseguró que 216 personas están internadas en forma indebida en los hospitales Borda, Moyano, Tobar García y Alvear, los cuatro de la órbita porteña. La asesoría suma cuatro amparos judiciales para “liberarlos” y favorecer su reinserción, pero especialistas aseguran que hay una “escasez total” de casas para enfermos compensados.

“Están en condiciones de salir unos 80 hombres internados en el Borda, 126 mujeres en el Moyano, y diez niños en el Tobar García y en el Alvear. La cifra ha venido bajando –en 2005 eran más de 500–, pero queda claro que la salud mental no es una prioridad política”, denunció Moreno a PERFIL.

Diego Friedman, médico del Tobar García, como sus colegas del Borda y del Alvear, recomendó los hogares intermedios: “Las casas de medio camino aceleran la reinserción, las personas sin recursos podrían ir a casas de convivencia subsidiadas por el Estado, porque es una cuestión social”.

Los hogares de rehabilitación se encuentran en los planes del macrismo como opción para descomprimir los hospitales, “en cuyos pasillos es posible encontrar gente que está internada desde hace 30 o 40 años”, dice Moreno. Los artículos 14 y 15 de la Ley de Salud Mental prevén su apertura, aunque fueron los privados quienes tomaron la iniciativa.

El hostal La Casa es una de ellas. Su directora, Patricia Dota, explicó a PERFIL que alojan “pacientes compensados”, que no pueden estar solos, pero no requieren una internación. “Es como una casa de familia, con asistencia permanente”.

El inconveniente, según Dota, es que las obras sociales y prepagas “no tienen el servicio arancelado” y sólo cubren el servicio cuando se inicia un “juicio por incapacidad”. Esto, según los especialistas, suele traer más inconvenientes que beneficios para los pacientes, “ya que les costará aún más conseguir un empleo”.

Desde el Centro Aranguren, una de las casas de medio camino más antiguas, la doctora Mónica Fernández Bruno asegura que en los últimos años “se nota una mayor apertura por parte de las obras sociales”.

En efecto, una de las prepagas con más afiliados, que solicitó reserva, aseguró a PERFIL que utiliza las casas, ya que es “más costosa una internación permanente que una recuperación en estos hogares”. La estadía promedio varía entre 3 y 18 meses, y el precio es de entre 4 mil y 8 mil pesos por mes.

El inconveniente, dicen en la prepaga, es que “no hay lugar, los centros de este tipo se cuentan con una mano”. La codirectora de La Casa, Virginia Martínez, lo confirma: “No hay camas disponibles en Capital y lo mismo pasa en otras ciudades”. Todos coinciden en que es el Estado quien debe promoverlos (ver recuadro).

Además de padecer de esquizofrenia, trastornos de personalidad, abuso de sustancias, bipolaridad, psicosis o depresión, los casos grises deben afrontar algo aún más angustiante: el estigma social. Según Fernández Bruno, “pueden estar en talleres protegidos, pero cuando salen son muy pocas las empresas que los toman, les tienen miedo”.

“No sólo los gobiernos los excluyen –añade Moreno– ni siquiera para la sociedad son una prioridad, es que la locura parece que no se puede ver… y los locos no votan”.

 

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¿Cómo identificar el estrés postraumático?

La situación que se vive en la ciudad de La Plata y sectores de la Capital Federal a causa de las inundaciones por las intensas lluvias, constituye un motivo importante para reflexionar sobre las consecuencias que estos desastres climáticos provocan en las personas que los viven.

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Por Lic. Virginia Martínez | DOCSALUD

La definición más sencilla de trauma en psicología, habla de la  irrupción en el aparato psíquico, de un contenido y una cantidad de estímulo que el psiquismo no llega a poder elaborar.

La persona queda súbitamente y directamente expuesta a un suceso que constituye una amenaza –real o potencial- de su integridad física o de suequilibrio vital en ese momento. Puede tratarse de un accidente, un acto terrorista o una inundación, una situación extraña y extrema y sobre todo inesperada.

En varios sentidos, estos sucesos evolucionan de forma similar y necesitan ser atendidos por el sujeto y  su entorno de manera tal que pueda lograrse “el drenaje” de ese contenido disruptivo, y la posibilidad de hacer frente a los efectos que el trauma haya dejado en el aparato psíquico.

¿Qué hace que un suceso sea traumático?

• Un cambio brusco en nuestra realidad; no tener el tiempo de advertencia que nos permita prepararnos.

• No entender claramente qué estuvo sucediendo.

• El temor a que vuelva a repetirse, a la reiteración del trauma.

• Pensar que podemos no estar preparados para evitar que vuelva a ocurrir.

• La percepción del daño ocurrido a nosotros o a semejantes cercanos, como muerte, lastimaduras, pérdidas, dolor.

• El sentimiento de que se hubiera podido evitar lo ocurrido.

• No poder compartir o contar con la comprensión por parte de otros acerca de lo sucedido como pares, autoridades, miembros representativos de la comunidad, entre otros.

¿Cuáles son los sentimientos esperables en el momento cercano al suceso traumático?

• Sorpresa y sensación de estar abrumado.

• Rabia y enojo.

• Impresión de desprotección y dolor psíquico frente a las pérdidas.

• Tristeza.

¿Cuáles son las emociones esperables a posteriori del suceso traumático?

Depresión y ansiedad.

• Desorientación, desconcentración y perplejidad.

• Dificultades en el reposo y otras funciones vitales (digestivas, cognitivas, del sistema inmunológico, etc).

• Es esperable que estos síntomas vayan reduciéndose al pasar entre 4 y 6 semanas. De no suceder, estamos en presencia de un trastorno por estrés postraumático. Por ello es recomendable que toda persona que haya vivido un suceso traumático reciba la contención familiar y atención profesional necesaria.

¿Qué puedo hacer con alguien que experimentó una situación traumática?

• Hablar sobre lo ocurrido, pero sobre todo dar la posibilidad de escuchar a quien lo transitó;  hacer relato es elaborador en sí mismo.

• Compartir con otros lo vivido y los intentos de solución, especialmente con familiares si los vínculos están sanamente conservados.

• Intentar recomponer las consecuencias de lo ocurrido: poder tener gestos restitutivos ayuda a aliviar el dolor por las pérdidas producidas.

• Participar concretamente en la recomposición de lo que nos sucedió a nosotros y a otros  con primeros auxilios y conductas solidarias, por ejemplo.

• Lograr un eco social de lo acontecido para lograr que la comunidad a la que se pertenece muestre una participación empática y activa.

• Intentar retomar las rutinas habituales lo antes posible.

• Sugerir y buscar ayuda en profesionales especializados si los síntomas no ceden con el paso de las semanas.

Por la Lic. Virginia Martínez psicóloga especialista en pacientes graves y co-directora de La Casa Hostal de Medio Camino. 

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Procastinación: el hábito de “mañana lo hago”

Trastornos del comportamiento

El hábito de “dejar las cosas para después” puede ser patológico. Claves para luchar contra la procastinación crónica, un trastorno que sufre más del 15% de la población.

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Por Lic. Virginia Martínez | CLARIN 

Todos hemos experimentado –o lo observamos en otros- la actitud de postergar alguna situación o acción. Debemos realizar algún arreglo en nuestra casa, entregar un trabajo, despedir un empleado, rendir un examen, comenzar una dieta o el gimnasio… Simplemente parece que estas cosas nunca llegan a concretarse.

De eso se trata la Procrastinación o Procastinación. Deriva del latín “pro” (adelante) y “crastinus” (relacionado con el mañana o el futuro). Así se define a la tendencia a “dilatar”, a postergar para más tarde, acciones, tareas, compromisos que deben ser realizados y enfrentados en un tiempo y forma específicos, pero que por una razón u otra siempre se terminan “pateando para más adelante”. En cambio, se los reemplaza por actividades irrelevantes pero que otorgan más placer en el momento.

Es importante diferenciar si se trata de una conducta ocasional (todos podemos haberlo experimentado) o si estamos frente a una conducta sistemática y reiterada que -como tal-, constituye  un aspecto de la personalidad que produce consecuencias negativas para la vida de la persona y/o de su entorno. A veces la persona no lo padece, pero sí quienes viven o comparten actividades con el procastinador.

Casos crónicos

La Procastinación se hace evidente tanto en el “estudiante eterno” que nunca rinde materias y terminan venciéndose sus plazos; o en el profesional que en una empresa posterga la toma de decisiones que imagina conflictivas, a la espera de que se resuelvan solas o que alguien más las tome a su cargo. Una suerte de pensamiento mágico de resolución de los problemas.

Todo esto termina afectando el bienestar y la salud emocional de la persona, tanto como el buen rendimiento en el área de la que se trate.

Cuando estamos en presencia de un hábito sistematizado, se trata de un trastorno del comportamiento que deviene de asociar la propia acción a una situación de cambio que conlleva dolor o estrés, que genera ansiedad o frustración y que –al acumularse en muchas experiencias a lo largo del tiempo- deriva en estados emocionales negativos, e incluso depresiones.

El acto que se evita puede ser percibido como difícil, abrumador, peligroso o aburrido; por lo cual se justifica posponerlo a un futuro que no tiene fecha de vencimiento.

También puede ser un síntoma propio de algún trastorno psicológico como sucede en la Depresión, en el Trastorno por Déficit Atencional (TDAH), en una Esquizofrenia o en las patologías del espectro obsesivo. En esos casos, ante la duda conviene consultar con un profesional calificado, ya que en estos casos la Procastinación suele ser un rasgo más, derivado del cuadro de base.

¿Qué lleva a una persona a procastinar?

Las razones son variadas y de diferente orden:

La duda: sentir poca confianza en uno mismo acerca de la capacidad para hacer algo y bien.

La baja tolerancia a la frustración: postergar por el sufrimiento que implica la consecución de una tarea (o su eventual fracaso) o el esfuerzo que conlleva. No empezar o abandonar a poco tiempo de haber comenzado, y buscar tareas que otorguen un placer más inmediato: juegos por Internet, comida, salidas, televisión, incluso hacer la limpieza del hogar, entre otros.

La autoexigencia y el perfeccionismo: los estándares demasiado altos que uno se impone llevan a procastinar para no enfrentar la angustia de esa tarea o de no lograr la perfección en mi rendimiento.

El exceso de confianza: ser tan seguro de sí mismo como para distorsiona la percepción del tiempo y de sus potencialidades; pensar que en cuanto quiera se pordrá hacer y por ende postergar hasta llegar al límite; y allí ya no poder realizarlo, con la consiguiente frustración o fracaso.

La proliferación caótica de ideas: generar tantas ideas, una tras otra, que el resultado es similar al de la duda: se termina procastinando porque la última idea es mejor, más válida o novedosa que la anterior; y por ende no llevar a cabo ninguna.

Detección del problema

Diferentes estudios internacionales indican que entre el 15 y 20% de la población mundial sufre de procrastinación crónica, lo cual tiene un costo económico sustancial en cada país.

Aun diferenciando el procastinador ocasional del crónico, los signos que aparecen al observador son similares. Tan sólo los diferencia el resultado medido a mediano y largo plazo, ya que con la cronicidad van apareciendo síntomas más severos en el estado de ánimo.

– Muchos jugadores compulsivos (tanto de juegos de azar como de juegos de video) son procastinadores: desplazan a una actividad que implica competencia, habilidad, suerte, etc, en tanto no se hacen cargo de alguna cuestión pendiente que evaden con estas actividades.

– Los eternos estudiantes que van dilatando los exámenes o las tareas pendientes.

– Las personas que gastan más del 20% del tiempo laboral en tareas improductivas

– Algunas personas que sufren trastornos alimentarios como la obesidad, son procastinadores que compensan con el placer inmediato de la comida la frustración y culpa por la postergación de diferentes acciones.

– También se ha señalado que la adicción a tóxicos muchas veces es el resultado de la dificultad que la persona tiene de enfrentar decisiones; se aletargan o evaden consumiendo alguna substancia (alcohol o drogas) porque no pueden enfrentar la presión y así terminan postergando.

– Las personas con temor al rendimiento (fobias sociales, por ejemplo) suelen procastinar por suponer que los demás los juzgarán de manera negativa cuando realizan alguna tarea.

Cualquier conducta evasiva, puede ponernos tras la pista de un procastinador, y las razones que la persona sostenga nos permitirán saber cuál es la creencia que ese sujeto tiene para justificar la dilación (“no lo sabré hacer”; “ya tendré tiempo más tarde”; “si lo hago notarán mi ineptitud”; “los demás lo harán mejor”). Claramente la procastinación es una cuestión de toma de decisiones y aquí nuestro cerebro puede jugarnos en contra.

Cómo actuar

Si bien no hay fórmulas para enfrentar este problema, podemos pensar en algunas actitudes que nos ayuden a lidiar mejor con él:

– Detectar el problema: reconocer la existencia de algo es el paso necesario para intentar su solución. Si nos reconocemos procastinadores o registramos que alguien de nuestro entorno lo es, estamos más cerca de modificar los resultados.

– Dar el primer paso: hacernos cargo del tema ya nos pone en una actitud de responsabilidad. Reconocer que tenemos temor, que nos resulta difícil o que debemos pensar cómo accionar; todo ello constituye una actitud de trabajo respecto de la dificultad que se presenta.

– Establecer metas a corto y mediano plazo: lo mejor es proponernos objetivos alcanzables. Si me planteo algo ajustado a mi realidad, ese logro me dará fuerzas para comprometerme con la propuesta siguiente.

– Lo más difícil primero: aprovechar el impulso de la convicción nos permitirá encarar lo más difícil en el primer tiempo. Una vez encarada la tarea en cuestión, nos iremos nutriendo del clima positivo de estar haciendo aquello que nos propusimos.

– Encontrar motivaciones: es más sencillo hacernos cargo de una acción si la planteamos en términos positivos y motivadores. Sacarle “el ruido” a las propuestas ayuda a encararlas mejor y a esperar mejores resultados.

– Dividir las tareas para poder cumplir las metas de a poco: no importa cuán largo o pesado sea el camino; siempre se trata de un paso detrás del otro. Pensarlo así nos alivia la tarea.

– Pensar en las recompensas: así como somos víctimas del miedo a pensar en aquello que puede pasarnos si no hacemos algo bien, también sabemos cómo nos sentimos cuando hemos cumplido con algún objetivo propuesto. Alimentarnos de esta imagen del resultado es un incentivo para accionar.

– Eliminar las distracciones: si estamos dispuestos a llevar adelante alguna propuesta, ayudemos liberando el camino de algunas distracciones que ya sabemos que nos complicarán el rato.  Ya se trate de desconectar la computadora o de apagar el celular, la propuesta es trabajar en un ambiente propicio.

Lo más importante para reflexionar es que no importa cuánto tiempo y esfuerzo nos lleve vencer las conductas de postergación;  dar un primer paso ya nos acerca a nuestro logro.

* La Lic. Virginia Martínez es psicóloga especialista en pacientes graves, Co–Directora de La Casa, Hostal de Medio Camino.

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Cuando jugar ya no es un juego

Salir del circuito

La adicción al juego es un trastorno que esconde problemas de ansiedad y escasa tolerancia a las frustraciones cotidianas. Cómo salir de la trampa y reinsertarse en lo familiar y social.

cuando-jugar-ya-no-es-un-juego-260x185Por Lic. Belén Vitelleschi | CLARIN 

Diferentes autores coinciden en que el juego es un espacio donde el niño puede expresar sus fantasías, deseos y experiencias simbólicas por medio de juguetes y juegos y así calmar sus ansiedades, produciendo placer en aquello que ha vivido como displacentero.

La actividad lúdica es necesaria para el desarrollo sano y el proceso de aprendizaje de un niño. En el juego, lo esperable es que tanto el chico como el adulto puedan desplegar su creatividad, facilitar el intercambio y gestar recursos y habilidades para el desarrollo del pensamiento crítico, la comunicación y el afrontamiento de situaciones problemáticas.

¿Jugar? Si, en cualquier edad de la vida para el desarrollo positivo de los planos sensitivos e intelectuales del ser humano.

Ahora, ¿qué sucede cuando el juego no cumple esas características? Puede convertirse en patológico o compulsivo.

Este jugar no cumple la función mencionada, sino que se produce una compulsión a la repetición, negando el displacer y convirtiéndolo en un placer distorsionado que engaña, atrae y atrapa.

Es importante conocer las diferencias, para poder preguntarnos sobre nuestra conducta de juego y la de nuestros amigos o allegados, contando con alertas y herramientas para su abordaje y que el juego siga siendo una actividad positiva.

Pérdida del control

En los últimos tiempos, la tecnología, las salas de juegos de azar, los videos juegos se han incrementado a la par que esta patología ha comenzado a aparecer con más frecuencia en los consultorios psicológicos.

En 1992, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su clasificación internacional de Enfermedades, reconoció la Ludopatía o “Juego compulsivo” como un trastorno.

EL Manual Diagnóstico y Estadístico (DSMIV) de la Asociación Americana de Psiquiatras (APA) lo clasifica como un trastorno del control de los impulsos y define como el comportamiento de juego des-adaptativo, recurrente y persistente que afecta la vida personal, familiar o laboral.

Sus síntomas son los siguientes:

•    Imposibilidad de resistir el impulso, deseo o tentación de llevar a cabo un acto que es dañino para el propio individuo o para los demás.
•    Sensación creciente de tensión antes de llevar adelante el acto.
•    Experiencias de placer, gratificación o liberación al consumar el acto. Después de actuar, pueden presentarse o no sentimientos sinceros de pena, autorreproche o culpa.

Es importante resaltar que no todo el que juega puede padecer esta enfermedad.

El juego puede seguir siendo gratificante y placentero. Los comúnmente llamados “jugadores sociales” lo realizan con control sobre la conducta, decidiendo cuánto invierten, el tiempo destinado y la actividad se presenta en un clima de ocio y diversión.

El “jugador patológico o compulsivo”, por el contrario, presenta una relación de dependencia con el juego y la cantidad de dinero utilizada o el tiempo invertido excede a las posibilidades del jugador, perdiendo su capacidad de control.

En algunos estudios se observó que muchos jugadores compulsivos asistían a los “salones de azar” para transformar el dolor en placer, ocultando los trastornos depresivos, la ansiedad, las frustraciones, entre otros.

Tras esta acción repetitiva y sin freno, el juego aparece como un “tapón”, un “escondite” donde el paciente evade o niega sus problemas, evitando conectarse con la angustia.

Cuando el juego es patológico

•    Por lo general, el jugador asiste a las “salas de juego” con una frecuencia exacerbada y poco habitual, interrumpiendo actividades y hábitos diarios.
•    Cuando los hábitos de sueño, alimentación, estudio o laborales se alteran disfuncionalmente dando prioridad al juego.
•    Gasta sumas de dinero que exceden su nivel de ingreso o ahorro y comienzan a contraer deudas para seguir haciéndolo.
•    Son personas que suelen presentar un estilo de pensamiento “mágico” en cuanto a la resolución de situaciones en la inmediatez y sostienen “fantasías de control” sobre el juego. Creen que tienen un “sistema” que les permitirá ganar en algún momento y sólo es cuestión de perfeccionarlo.
•    Suelen presentar baja autoestima, poca capacidad para la espera y escasa tolerancia a las frustraciones cotidianas.
•    En lo social, cuando un jugador está en esa carrera, miente, engaña, oculta, niega, tergiversa información, distorsiona la realidad minimizando o negando el problema.
•    Los vínculos familiares, de amistades o pareja se ven afectados por la conducta. Por lo general, los allegados comienzan a sentir que algo está fuera de control. Generalmente, son los que a través de esta alerta, logran registrar de la problemática.

La buena noticia es que, si bien hay indicadores que permiten su detección temprana, cuando esto no es posible, en nuestro país contamos con la existencia de programas de salud mental que se dedican a trabajar con esta adicción, ya que objetivo del tratamiento no reside únicamente en el control del impulso al juego.

Se requiere un abordaje interdisciplinario que posibilite la evaluación y tratamiento de todos los factores y aspectos afectados, haciendo hincapié en la ayuda e información a los familiares y allegados afectados, ampliando la red de trabajo e intervención terapéutica.

Diferentes espacios terapéuticos como los tratamientos individuales,  grupales y espacios multifamiliares dan cuenta de que recuperarse es posible, así como la reintegración en los ámbitos social, laboral y familiar en pos de la mejora de su calidad de vida.

El “otro” aquí es clave, ya que marca un criterio de realidad que el paciente tiende a perder por estar enfermo. Si surgen dudas sobre el tema, es importante acercarse a un centro de atención en búsqueda de orientación.

Cuanta más información y herramientas de detección se tenga, más se podrá prevenir y atender a tiempo, tanto la adicción al juego como cualquier otro tipo de adicciones. Identificar que algo no anda bien es el primer paso hacia que las cosas anden mejor, a la detección del problema y su posible recuperación.

La licenciada Belén Vitelleschi es psicóloga del área asistencial y académica de La Casa, Hostal de Medio Camino.

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